miércoles, 20 de agosto de 2014

Únanos con Amor

"Únanos, Señor; átanos con cuerdas que no se pueden romper. Haznos unidos, Señor; haznos unidos. Únanos con amor. Sól
o hay un Dios; sólo hay un Rey. Sólo hay un cuerpo; es por eso que cantamos.
Hechos para la gloria de Dios; comprados por Su precioso Hijo; nacidos con el derecho de estar limpios porque Jesús la victoria ha ganado. Somos la familia de Dios. Eres la divina promesa. Eres el deseo escogido de Dios. Eres el vino nuevo glorioso.  Dios, únanos con Tu amor.”
Efesios 4: 1-6 "Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros en amor, solícitos en guardar  la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, y por todos, y en vosotros".
¿Qué significa ser un solo cuerpo? Estoy tratando de imaginar diciéndole a cualquier parte de mí misma, "Es sólo que no me gustas. Vete. No eres parte de mí." Yo podría tratar de perder un dedo o un pie o una oreja o una nariz, pero aun si lo logro, no cumpliría mi misión sin mucho dolor, estrés mental, y posiblemente infección o incluso la muerte. En el caso de que perder una parte de mí ser fuera necesario (por ejemplo, en un accidente o cirugía, o enfermedad, para salvarme la vida), me dolería lo que había perdido, y aunque podría seguir para hacer grandes cosas, la pérdida me afectaría en formas que las personas alrededor no podrían entender. En un evento así, después del luto del proceso, tal vez podría crecer más fuerte, y llegar más alto, y sentir un impulso para hacer más de lo que podría haber hecho antes, pero recordaría siempre lo que había perdido.
¿Qué pasa en el otro lado de esta ecuación? Por ser algo parte de mí, ¿debo ignorar algún problema o negarme a tratarlo cuando encuentre enfermedad; debo pretender que no pasa nada, y ofuscarme  cuando alguien señala el problema: sin querer orar por mi cuerpo para que se sane porque no quiero ver el problema? ¿Dejo unas cosas "sin lavar", porque son míos, y por lo tanto son preciosos (no importa que huelen feos); dejo que mi pelo crezca hasta que me tropiezo con él, y que se derrama en el pasillo; dejo que las uñas se rompen o lastiman a los demás porque me niego cortarlos?  ¿Está bien decir, "Déjame en paz a esos pies; son así y no piensan cambiar; acéptalos (que la gente se desmaye con el olor; que importa); tienes que amarlos en toda su suciedad; posiblemente los diré que se laven el próximo año cuando ya tienen ganas "?
¿Por qué nos negamos a hablar cuando una parte de nuestro cuerpo está en necesidad de la limpieza; y en otros momentos atacamos, y aislamos y condenamos a nuestros " menos favoritos", como si esas partes ni tenían nada que ver con nosotros? "Únanos, Señor; átanos con Tu amor.”  Cuando me veo “amarado” (unido; atado) a algo, tengo que tenerlo en cuenta para cada movimiento. No corro si mi pierna está atada al poste de la cama; tendría que ver cómo seguir con el peso de mi cama. Si ato mis brazos a una sandía, el peso de la sandía haría que mis movimientos se vuelven más lentos, y  lo pensaría dos veces antes de saltar provocando que el melón explote en mi cara. Así es que, si me veo unido a los creyentes como cuerpo, lo que hacen afecta a mis movimientos. No puedo concentrarme en sus debilidades, ni negarme a salir adelante si no van conmigo, pero tengo en cuenta la realidad de que si uno se cae, me va a doler, y voy a hacer lo que se pueda para restaurarlos. No puedo pasar por alto el pecado, y decir que no está allí, o enfurecerme cuando otros tratan de ayudar a esa persona ver la verdad (ya sea ira, lujuria, miedo, orgullo, el abuso, etc.) porque son “míos” (MIS amigos; MIS lideres; parte de MI), y al próximo instante regano a otros que van caminando bien, porque no andan como yo les he dictado.  Peso el fruto por la Palabra del Señor y no por mi propia cuenta, y reconozco cuando algo no se alinea con la manera en que Jesús nos llama a caminar. Tengo presente que este pecado puede extenderse y afectar a otros, y con toda la dulzura, la humildad y el amor, estoy dispuesto a hablar cuando alguien actúa continuamente de una manera que puede afectar a todos; no me pongo a la defensiva cuando alguien se alienta a esas "partes del cuerpo" a “limpiarse” y cambiar.

Pero tampoco puedo alejarme, y juzgar como si yo no fuera parte de ellos; no puedo acusar y condenar y criticar, y agregar una carga que ni yo estoy dispuesto a soportar. Pablo dijo: "Yo no juzgo a nadie ni soy yo juzgado." Este es el mismo Pablo quien luchó con Bernabé por la percibida traición de Juan Marcos; quien llamó a los Corintios "bebés, no preparados para comer la carne." Así es que, entonces, juzgar no es el animar los unos a los otros a seguir creciendo; no es el motivar a otros dejar que Dios haga su voluntad. El juicio no es el tomar el "agua de la Palabra", y lavar suavemente lo que necesita ser lavado—no por nuestras ofensas o fallas percibidas, pero "suciedad" obvio a todos que puede causar una infección si no se trata. Juzgar es el decir: "Tú no eres como yo, y yo no soy como tú, y debes cambiar para ser lo que yo quiero que seas." Herimos a nosotros mismos, entonces: maltratando a nuestro propio corazón en condenar constantemente a nuestro propio “cuerpo”. Que Dios nos dé la sabiduría; Él puede ayudarnos a limpiar y quitar el barro viejo y incrustado; a cambiar las actitudes, las acciones y las creencias obsoletas que sólo nos traen la confusión; podemos alinear todo con lo que Él dice en Su Palabra y no ocultar la "suciedad" cuando lo vemos en nosotros mismos y los demás. Pero tenemos que "lavar" con mansedumbre; como si fuera una parte de nosotros; podemos "limpiar" con compasión, y que Dios, en verdad, "nos una con amor."

No hay comentarios:

Publicar un comentario